miércoles, 23 de diciembre de 2020

Carta al 23 de diciembre, la bella pregunta.

 Carta al 23 de diciembre, la bella pregunta.

Hay quienes muchas veces nos obsesionamos con las respuestas. Siempre en busca de ‘la’ respuesta, la más perfecta, la más correcta. Deseando ser los primeros en levantar la mano en clase para dar la solución al problema de matemáticas, la respuesta a quién descubrió América, el significado del mito de la caverna de Platón; para saber qué tiempo verbal es el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo o cómo se conjuga un verbo irregular. 

Yo era así, yo sigo siendo muchas veces así. Pero, hubo alguien en mi vida, alguien que era una bellísima pregunta, simplemente siendo, sin formularse de forma artificial, por su sola presencia. Sin pretensión de nada, lo conseguía todo. Nos rompía los esquemas, hacía descarrilar nuestra lógica, sin darse ni cuenta. Me rompía los esquemas y hacía descarrilar mi lógica, sin darse ni cuenta, sin que yo me diera ni cuenta.

Y ahí estaban las respuestas, fijas como los personajes de un cuadro, hasta que llegó una pregunta y rompió el marco. Hasta que llegó una bellísima pregunta y me rompió el marco, sin darse ni cuenta. Y me hizo salir fuera, caminar fuera, ver que de nada sirven las respuestas si no te has hecho las preguntas adecuadas. Él era una pregunta bella y adecuada y yo hoy no tengo tantas respuestas, pero sé que hay vida más allá del marco.

Mi bella pregunta, me estoy encontrando con nuevas preguntas. Y ahora cada nueva pregunta me recuerda a ti. Y tu recuerdo me eriza la piel. Y, a veces, sonrío. Y, a veces, lloro. 

 

Ya no hay camino, ni sendero, ni senda, pero está en nuestro paso. 

Estás en nuestro paso. 

Estás en mí paso. 

viernes, 2 de octubre de 2020

El desvelo

Son las cuatro de la mañana

Tirones en los gemelos

Pero todo se resumen en “¿y si?

Hubiera corrido más,

Hubiera saltado más, 

La hubiera pasado antes…

Me duermo.

 

Me desvelo.

Otra oportunidad perdida,

Otros cuatro años a la basura.

Otra decepción, sin consuelo.

Me acuesto.

 

Me desvelo

Pensando en barrer más pelo

En hacer arroz hervido, 

Para que solo beba el caldo.

Siempre intentando poner la mejor cara

Mostrar sonrisa, esconder lágrimas, 

Me duermo

 

Me desvelo.

Pensando en que la quiero,

En como no odiarme por lo que pasa

Queriendo tranquilizarme,

Valorando todo en su medida

Y con mucha esperanza.

Me acuesto.

 

Me desvelo.

Sabiendo que ya no están.

Los paseos, los rezos, los cuentos,

Ni la tortilla de patatas.

Como las golondrinas, 

No volverán.




-Felton Callright


jueves, 17 de septiembre de 2020

La Sirena del Guadiana

Cada pueblo tiene su propio secreto. Me refiero a esas historias de familia que los vecinos sólo se atreven a contar en voz baja, ya sea en las esquinas de cualquier callejón o en la intimidad de su hogar. Y es en la Comarca de la Sirena —ahora llamada De la Serena, no muy lejos de Mérida— donde se oye el eco de la magia del Guadiana. 


Fueron varios niños a la ribera del río Guadiana. El primero de ellos, Rubén, iba vara en mano golpeando las piedras que encontraba a su paso. Era un muchacho alto y fuerte —destacaba sobre los demás niños, pues apenas tenía doce años y aparentaba catorce—, pero también ingenuo y bravucón. Siempre andaba metido en alguna travesura, y cuando era descubierto se excusaba en que era el hijo más pequeño del alcalde.

            Pepito, el hijo del Cuentacuentos, era más tranquilo y sosegado que los demás niños, en parte, porque conocía muy bien las consecuencias de una travesura. Y es que su padre no dejaba de recordárselo cada día. Con once años, todavía se chupaba el pulgar al asustarse, y eso le hacía ser el blanco de todas las burlas. Aquella tarde, Rubén le propuso como cebo para atrapar a la criatura del Guadiana.

            —Será muy fácil —le dijo—. Solamente tienes que meterte en el río y esperar al monstruo.

—Pero yo no quiero ser el cebo —respondió—. Yo quiero cazar.

Rubén soltó una carcajada.

—¿Tú? ¿Con lo pequeño y endeble que eres? No me hagas reír —Rubén golpeó el suelo con la vara. Luego, la levantó y señaló el río—. Ahora cállate y métete en el agua.

Pero Pepito meneó la cabeza. Rubén, al ver que era incapaz de hacerle obedecer, se acercó a él y lo empujó. Pepito cayó al suelo, y los demás niños comenzaron a hacer burlas y a señalar. Sus ojos se volvieron vidriosos. Intentó ponerse en pie, pero al hacerlo volvió a tropezar y cayó de frente contra el suelo. Entonces rompió a llorar. Se levantó cómo pudo y salió huyendo de allí, sin dejar de correr hasta que las burlas y risas de los demás niños se convirtieron en un sutil murmullo.

En su paso por el campo, dio con un tronco junto a la ribera del río y se sentó en él. Empapó su mano en el agua y, después, se la llevo a la rodilla para limpiar el barro de su herida. Entre tanto, Pepito no dejaba de llorar, aunque ahora lo hacía en silencio. El agua estaba fresca. Su padre solía contar que en sus aguas habitaba una de las criaturas más peligrosas que jamás un hombre debe encontrar, pues quien se topa con ella corre el riesgo de caer rendido ante la bella de su rostro y su voz. Me refiero, en efecto, a la misma criatura que el joven Rubén pretendía atrapar. Pero, ¿era real o mero cuento?

Pasaron los minutos, y Pepito pensó que ya iba siendo hora de volver a casa. Su padre le estaría esperando, y Pepito sabía muy bien lo que le aguardaba en casa si llegaba tarde. El escozor de sus muslos y brazos no hacían más que recordárselo. Las cosas no eran muy distintas cuando su madre aún vivía, pero sí recordaba sus abrazos cálidos y reconfortantes que calmaban las marcas de su piel y aislaba su memoria de los gritos de su padre. "¡Sé un hombre!", le decía. "¡Esto lo hago por ti!" . Pepito esperaba no tener que enfrentarse a esas palabras, al menos, no esa noche. Así pues, se levantó del tronco y se dispuso a marchar cuando, de repente, escuchó una melodía que parecía emanar de las aguas. 

 El miedo inmovilizó a Pepito. Observó cómo del río surgió una mujer de cabellos rubios. Era, posiblemente, el ser más hermoso que jamás había visto. Se la veía grácil y esbelta. Pepito se ruborizó al notar su desnudez. 

—Hola —le dijo la criatura—. ¿Cómo te llamas?

Pero Pepito no dijo nada. Se acercó el dedo a la boca y comenzó a chupárselo. La joven sonrió con cierta lástima.

—No tengas miedo. No te haré ningún daño.

—Mi padre dice que no debo hablar con desconocidos —dijo, al fin.

—Bueno, tu padre tiene razón. Es un hombre sabio, sin duda.

—Es el cuentacuentos del pueblo —respondió, todavía con el pulgar en la boca—. Por la mañana, sale a la calle a contar las noticias de la comarca y, por la tarde, nos cuenta historias y leyendas a los niños.

—¿Es un hombre bueno tu padre?

Pepito se encogió de hombros. La joven advirtió que, si seguía chupándose el dedo, no podría entenderle y el pequeño, sin saber muy bien por qué —tal vez, porque de algún modo se sentía más seguro con ella—, le hizo caso y dejó su pulgar en paz.

—¿Eres una sirena?

—Supongo que sí —dijo, asomando su cola sobre el agua. Pepito nunca había visto cosa igual; era larga y delgada, con escamas verdes que reflejaban la luz como auténticas joyas—. Mi deber es cuidar de las criaturas del agua porque todos son hijos míos, desde el pez más grande hasta el cangrejo más torpe.

Pepito, ya más confiado y movido por la curiosidad, le preguntó más cosas sobre ella. La sirena le contó que venía de un reino muy lejano, al que sólo podía llegarse a través del cielo o de las aguas. Un reino donde todos podían ser felices, donde no había maldad, dolor ni pecado al que sucumbir. Pepito era incapaz de imaginar algo así. 

—¿Puedo ir a verlo? —preguntó. 

Pero la sirena negó con la cabeza. 

—Todavía no, pero confía en mí. Algún día vendré a buscarte y te llevaré conmigo. ¿Te gustaría? 

El muchacho asintió con la cabeza, no muy convencido de su propia respuesta. Después, ambos siguieron hablando horas y horas hasta pasada la tarde. Y justo cuando el sol estaba a punto de esconderse tras los montes, Pepito se despidió de la sirena y volvió a casa.

—No te olvides de mí —advirtió la sirena—. Algún día te llevaré conmigo. 

Y entonces se sumergió de nuevo en las aguas del Guadiana. Pepito aceleró el paso. Al llegar, su padre le esperaba en su habitación con la puerta abierta. Pepito agachó la cabeza. Intentó excusarse, pero su padre le pidió silencio y le ordenó ir a la cama y bajarse los pantalones. El cuentacuentos se volvió hacia la puerta, la cerró, y regresó al dormitorio de su hijo, ya con el cinturón en mano. 

Pasaron tres años desde aquel primer encuentro con la sirena. Había intentado verla más de una vez, esperándola horas y horas junto al Guadiana. Pero nunca aparecía, y Pepito empezó a pensar que aquel recuerdo, cada vez más lejano, no había sido más que un estúpido sueño. 

            Ya era más de medianoche cuando Pepito comenzó a notar un sutil hedor a agua de río y algas. Al poco, aquel olor se hizo cada vez más fuerte, y el muchacho se tapó la nariz con gesto de desagrado. Se levantó de la cama y distinguió una tenue luz blanca que entraba por la ventana. Pepito se acercó al alféizar, pero al ver que no alcanzaba, se volvió y cogió el taburete que tenía junto a la mesilla de noche. Una vez colocado, se subió en él, y asomó la nariz para ver qué era eso que veía tras el cristal. Observó la calle envuelta en una espesa niebla que apenas distinguía el pavimento empedrado de las aceras. El brillo de la luna llena —Pepito creyó recordar un instante que aquella noche debía ser de luna nueva— reflejaba la neblina que pintó su calle de una luminosidad casi celestial. Y así, del resplandor apareció una figura danzando con tal elegancia que parecía flotar sobre la niebla. Era una muchacha de aspecto joven, esbelta figura y rubios cabellos. Pepito la reconoció al instante; era la criatura que había visto en la orilla del Guadiana años atrás, pero ahora parecía un ángel venido del cielo; un regalo de Dios que en nada podía asemejarse al peligro del que advertían los cuentos. 

            Pepito esperó en el derrame de la ventana, disfrutando del célebre espectáculo que la muchacha ofrecía. Saltos, volteretas, giros y cantos. ¡Dios mío, qué voz! ¡Qué hermosa era! Pepito notó que su pecho se quemaba, apreciando una sensación agradable, a la par que desconocida. ¿Era real? ¿Acaso esa criatura podía ser más hermosa de lo que recordaba? La muchacha, que aún seguía danzando, se percató de la presencia de su admirador, y con sus dedos señaló la ventana que, al instante, se abrió de par en par. Pepito retrocedió, impresionado por la magia que desprendía la joven.

            —Sígueme —le dijo, con melódica voz.

            Pepito titubeó unos instantes, pero al ver que la muchacha se alejaba del lugar, saltó de la ventana y corrió tras ella. Cuando parecía estar a punto de alcanzarla, la luz se alejaba en un abrir y cerrar de ojos. Pepito aceleró el paso. Poco a poco, la luz del pueblo se desvaneció, y la niebla siguió los pasos de la joven como si fuese un farol. Y así fue hasta la salida del pueblo. Entonces, Pepito perdió el rastro de la joven.

—¿A dónde vas? —dijo alguien a sus espaldas. 

Pepito se dio la vuelta y vio a Rubén tras él. Le miró de arriba a abajo, y tuvo la impresión de que ya no era el muchacho alto y robusto que se metía con él. Parecía, de hecho, más cansado y apático, y ahora era Pepito el que podía empujarle y hacerle llorar.

—Lejos de casa —respondió Pepito—. Ya no quiero nada de allí.

—No deberías abandonar así a tu padre.

—Él sabe muy bien por qué lo hago.

—Si te vas, se lo diré.

Pero Pepito hizo oídos sordos y salió corriendo de allí. A lo lejos, le pareció escuchar la voz de Rubén, todavía amenazándole. Pensó unos instantes dónde debía haber ido, pero pronto recordó el sitio donde se encontraron por primera vez y allí se dirigió a toda velocidad.

No tardó mucho en llegar al río. A pesar de la penumbra nocturna, el sonido de la corriente le advirtió de su lugar. 

—Sirena —susurró—. ¿Estás ahí? ¡Sirena!

—Aquí estoy.

Pepito esbozó una amplia sonrisa nada más ver a su amiga, de nuevo, en las aguas del río.

—Te he echado mucho de menos. ¿Por qué no volviste a aparecer? Te busqué muchas veces en el río. No sabía que pudieses andar —dijo, señalando su cola.

—Cuando salgo del agua, mis aletas se convierten en piernas. Así puedo explorar y bailar cuanto quiera.

La sirena retrocedió y comenzó a dar volteretas sobre el agua. Pepito tomó asiento sobre una roca junto a la orilla y observó el grácil movimiento de su compañera. Absorto, comenzó a dejarse llevar por la paz del río y notó cómo el sueño invadía su mente y su cuerpo.

—Ven conmigo. Quiero enseñarte mi reino.

Pepito frunció el ceño.

—¿Tu reino?

—Sí, ¿es que te has olvidado de él? 

—¿Y dónde está ese reino?

—Eso da igual —respondió—. Pero si me sigues, lo verás.

La sirena se acercó a la orilla, sumergiéndose en las aguas pata luego reaparecer frente al muchacho. Pepito retrocedió un paso.

—¿Confías en mí? —le dijo.

La sirena sacó su mano del agua y se la acercó. Pepito sintió el impulso de tomar su mano y dejarse arrastrar hasta el río, pero algo en él le impedía hacerlo.

—Ven conmigo, por favor.

De repente, Pepito escuchó su nombre. Por un momento, dudó de si le verdad le habían llamado, hasta que otra vez volvió a escuchar su nombre, esta vez más cerca.

—Si quieres ser feliz, toma mi mano.

La sirena pareció impacientarse. Pepito reconoció la voz de su padre al instante.

La oscuridad de la noche le impedía ver dónde estaba, pero a juzgar por la intensidad de su voz no debía andar muy lejos. Pepito empezó a temblar, solo de pensar en qué reacción guardaría su padre y cuál sería el castigo si le descubriera.

—Ven.

Pepito se volvió hacia la sirena. Y él, temeroso de su padre, tomó su mano y se dejó sumergir en las aguas del río, enredado para siempre en el embrujo de aquella criatura y en la paz eterna.


No pretendo convecer a nadie de esta historia. Muchos fueron los muchachos perdidos en las aguas del Guadiana. Lo que allí habita es todo un misterio, pero permíteme contarte algo. La comarca de La Sirena, como bien he mencionado al principio, ya no se llama así; pero si te acercas a esas tierras, descubrirás un emblema que sus habitantes cuelgan en casas y avenidas como recuerdo del nombre que, antaño, recordaba la magia de sus ríos. Tiene cuatro cuarteles: observa el superior derecho y dime... ¿qué ves?



-Javier Verdejo

martes, 7 de abril de 2020

Carta al 3 de marzo, el fondo del pozo.

Carta al 3 de marzo, el fondo del pozo.

Negación. Ira. Negociación. Depresión. Aceptación. 

Negación. Perdida. 

Cuando tienes una pesadilla, despertar es un alivio. Aquel día la pesadilla continuaba al despertar. Jamás un despertar ha sido tan chocante. 

Antes de ti ya estábamos en el pozo. Antes de ti ya nos dolíamos. Apenas hacía dos días del último golpe. No nos diste ni unas horas de tregua, agudizando la agonía. Al fondo. 

Negación. Incredulidad. 

¿Cómo? ¿Por qué? No hay pecados suficientes que pudiéramos haber cometido en otra vida para este castigo y por los de esta no ha sido. No puede ser. 

Negación. Resistir. 

“La Resistencia” decía. “La Resistencia, la Resistencia” y de la Resistencia no quedaba ya nada más que el recuerdo de un deseo frustrado, de todo lo injusto, de todo el dolor que empezó a inundar cada paso, cada mirada, cada palabra que compartíamos. De la resistencia ya no quedaba nada más que mi ilusión de poder aplazar la realidad para cuando mágicamente estuviera curada. Nada es lo que es, sino lo que significa. 

Ira. Rabia. 

“Demasiados palos y solos quince años ¡Devolvednos lo que nos habéis quitado! ¡Dadnos la vida que merecemos! ¿Y a quien le hablo? ¿A quién le reclamo todo esto? ¿Hay alguien escuchando? ¿Quién pagará esta deuda?” Nadie. 

Ira. Quiebra. 

Cambiaron las trompetas por las voces altas, los llantos y los vómitos; la confianza por el recelo; la vida por la supervivencia. Nada es lo que es, sino lo que significa. 

Ira. Distancia. 

“La culpa la tiene este sitio, esta gente. En otro lugar, con otra gente yo no me doleré. En otro sitio, con otra gente despertaré de la pesadilla” Y te alejas, huyes. 

Negociación. Ficción.

"Haremos como si no ha pasado" Pero esto solo dura hasta el primer encuentro contigo mismo. 

Negociación. Impasibilidad. 

"Y, si pasó, no nos hizo nada" Pero esto solo dura lo que lo puede contener la muralla del ego que siempre acaba siendo de porcelana. 

Depresión. Vacío. 

Lloras. Lloras tanto que las lagrimas nublan tu vista y el llanto no deja entrar el aire a tus pulmones. Y ahí está tu cuerpo diciéndote que es verdad, que no hay vuelta atrás, que no se le puede ganar al pasado. Y que sí, es terrible, es injusto y duele. Y si no quieres permitir que duela como tiene que doler, si intentas evitar que te golpeen las olas; te mandará un puto tsunami. 

Así que ahí estás en medio del puto tsunami. Ahogándote (Si, tú, imbécil, la que escribes). Dejándote la frente contra un banco por lo que pasó hace cinco años, por lo que pasó hace diez, por lo que pasó hace quince y tú no quisiste dejar que pasara. Pero el reloj no para, la vida no espera, aunque dejen de sonar las trompetas, aun en un silencio atronador. 

Aceptación. Despertar. 

Poco a poco. Volver a atreverte a echar la vista atrás sin dejar de caminar hacia delante, sin que lo que veas atrás afecte a tu mirada de lo que hay delante. Sin que lo oscuro del pasado te impida ver luz en el futuro. 

Aceptación. Y entonces, volver a escuchar. 

Nunca dejaron de sonar las trompetas. Tocaban de otra manera, otras melodías. A veces el ruido no nos dejaba escucharlas. Pero nunca dejaron de sonar las trompetas y hoy se oyen los ecos que lo demuestran.
 

Nada es lo que es, sino lo que significa. Pese a todas las secuelas, te estamos superando. 

jueves, 6 de febrero de 2020

Carta al pequeño 5 de febrero, la dulce espera

Carta al pequeño 5 de febrero, la dulce espera
La espera más bonita de mi vida. Te esperé como agua de mayo hasta febrero. Y antes de que llegaras ya te quería y te anhelaba como si te conociera, como si ya pudiera compartir momentos contigo. 
Te hablaba, te gritaba como si ya estuvieras ahí. Quizá entonces ya escuchabas. Como ahora, que aún con orejas niñas escuchas. Sé que escuchas. Yo también escuchaba. Y comprendía. Y guardaba silencios. Y, a veces, dolían. Dolían mucho. 
Ahora quizá no sea el momento de que entiendas todas estas palabras escritas desde la trinchera más lejana, donde las consecuencias se marchitan en el tiempo hasta allí. Ese momento llegará cuando deba llegar. Ahora quizá vayan dirigidas a que las entienda a quienes escuchas. Porque las palabras se escuchan. Y las palabras pueden guardar tanto rosas como espinas. Igual que los silencios.
Sigo cometiendo contigo los mismos errores que los que vinieron antes cometieron conmigo. Y los cometo por la misma razón por la que ellos los cometieron. Porque te amo y, sin duda, amar bien es una de las cosas más difíciles de conseguir que existen en este camino. Perdóname.
El humano que ama teme. Teme perder a quien ama, teme que sufra, teme que se corrompa. Y el miedo, aunque inevitable y necesario, a veces, nos conduce a error, nos conduce como una profecía autocumplida a hacer realidad nuestros temores.
Llegará un día que despiertes de esos silencios. Despierta con el corazón cargado de amor y comprensión. Y, sí, también rabia e indignación. La rabia y la indignación contra lo que está mal es lo que nos incita a luchar por cambiarlo. Hemos venido a un mundo roto. Pero tenemos elección. Podemos reinventar la rueda, decidir nuestro camino. 
De que decidas tu camino trata esto. Es una invitación a que recorras el mapa que dejo en mis palabras, a que lo completes con tus pasos, a que mis pasos, hasta mis pasos en falso, te sirvan de algo. Escucha. Y no solo con las orejas. Escucha con los ojos, escucha con las tripas. 
Pequeño, en nuestra sangre existe una tradición no escrita, no pronunciada. Cuando a una generación se le rompen los sueños, se vuelcan todos los esfuerzos y esperanzas en la siguiente. Los esfuerzos y esperanzas están volcados en nosotros. Y tú eres la dulce espera. La dulce espera provoca algo más que esperanza. Provoca ilusión. 
Toma mi mano. Pregunta. Siempre que quieras.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Carta al 31 de enero, la fe

Carta al 31 de enero, la fe
volar. Una mujer me enseñó a hacerlo, me convirtió en Peter Pan. Ella es mi fe. Gracias a ella he alcanzado los cielos y visto el milagro de lo pequeño y cotidiano. En sus ojos, en su voz, en su forma de mirar, en su forma de hablar. Desde otro plano existencial, desde otra mirada. 
Y es que la fe no está al alcance de cualquiera. Cuesta tiempo y trabajo aprehenderla y aprender de ella. Es para los sabios que saben calibrar la mirada y ver las respuestas más allá de lo que para otros es locura. 
“La fe es creer lo que no ves; la recompensa de esta fe es ver lo que crees” dijo San Agustín. Yo añado que la fe es caminar a pecho descubierto frente al miedo a la incomprensión y a pesar de ella. Es encontrar la fuerza para confesarnos tal y como somos. Y no perder la esperanza a pesar del terror, a pesar de que si Dios existe nos va a tener que pedir perdón*. Porque la fe y la esperanza están por encima incluso de Dios. La esperanza es el puente entre la tristeza y la alegría, el puente de vuelta de una a otra. Sin esperanza no hay lucha, no hay vida. Sin esperanza solo queda dejar de respirar. 
La mujer que me enseñó a volar me habla a menudo del día en el que no esté. No negaré que me estremezco cada vez que sus palabras suenan a despedida; que ese día, y como mínimo hasta el tercer día después de que se vaya, me va a doler hasta el último rincón de mi alma por no poder volver a ver sus ojos, su forma de mirar, por no poder volver a oír su voz, su forma de hablar. Por perder su comprensión.
Pero la mujer que me enseñó a volar es mi fe. Y la fe tiene vocación de eternidad. Más allá de lo efímero de nuestros cuerpos, cuando la aprehendes y aprendes de ella, no te abandona jamás. Vivirá siempre en ti. 
La mujer que me enseñó a volar tiene mi promesa de eternidad. La he aprehendido y he aprendido de ella. Está en mí, en mis palabras, en mis ojos, en mi voz, en mi forma de mirar, en mi forma de hablar. Vivirá en mí. 
Volar es creer. Creer es poner corazón. 


* “Si existe Dios, tendrá que rogar mi perdón” Frase escrita en un muro del campo de concentración de Auschwitz.

martes, 28 de enero de 2020

Carta al 27 de enero, la complicidad

Carta al 27 de enero, la complicidad
No hay humanidad sin complicidad. No se puede ser humano sin los otros. Sin su tacto, sin su voz, sin su mirada. No se hace camino sin pasos como no se hace humanidad sin complicidad entre humanos. 
Y la complicidad necesita cómplices. Cómplices que te guarden secretos y, a veces, sean el secreto, el as en la manga, el joker, la solución, la salvación. Algo así como la quintaesencia de tu mundo. El éter sin el que la vida, la existencia no está completa, no es posible. Como un cielo sin estrellas
En una baraja de cartas hay cuatro ases y dos jokers, y una suerte limitada. En la vida la complicidad no tiene más límite que lo que se decida cuidarla. 
A veces, no cuidamos lo suficiente a nuestros cómplices. A veces, no somos lo suficiente cómplices de nuestros cómplices. A veces es porque creemos tanto en ellos que olvidamos que también son humanos. 
Las partidas de cartas se ganan con suerte. La vida solo se gana con una complicidad inquebrantable. Solo ganaremos la vida con una complicidad inquebrantable, si cuidamos nuestra complicidad inquebrantable. 
La sangre no es la sangre por la sangre. La sangre es complicidad.

sábado, 18 de enero de 2020

Carta al 15 de enero, el niño

Carta al 15 de enero, el niño
Desde hace tiempo sueño con encontrar las palabras que calmen tus dolores, que quiebren tus silencios y que nos devuelvan al niño del que habla la última rosa de enero, ese que anunciaba su llegada cantando. 
Así que; como en tantas otras ocasiones, con el calendario como excusa para dejar a un lado la cobardía que calla lo que siempre quiso ser dicho; empiezo a construir un puente sobre el abismo de silencios que amenaza con separarnos. 
Sal de ti. Para escucharte. Para escuchar. Y date cuenta. Date cuenta de que anhelas reinar un reino que ya reinas. Date cuenta, es cuando tú ríes cuando el mundo, este mundo, tu mundo, nuestro mundo ríe.  
Sal de ti. Para escucharte. Para escuchar. Para escuchar al niño. Él conoce el camino. Más allá del miedo, él conoce el camino. Más allá del dolor, él conoce el camino. Él conoce la dirección, tu dirección. 
Sal de ti. Para escucharte. Para escuchar.  Aquí está alguien dispuesto a partir por la mitad sus alas para dártelas y que vueles allí tan lejos como volaran los sueños de aquel niño. Porque pocos héroes me quedan en los que seguir creyendo y aquel niño era mi héroe y aún espero su regreso cantando, como cuenta la última rosa de enero. 
Confía en ti. Con que lo hagas la mitad de lo que yo lo hago bastará. Vuela a Saturno. En Saturno están las preguntas. En Saturno están las respuestas. En Saturno nos encontraremos. 
El superhombre es el niño. 


María

Carta al 13 de enero, la risa

Carta al 13 de enero, la risa
La risa es uno de los mayores descubrimientos vitales que se pueden hacer. Pero, como todo lo que merece la pena, suele ir acompañada de cierto grado de complejidad o de dificultad. Siempre he admirado la risa. Siempre he admirado a quienes son capaces de hacer reír, a quienes llevan la risa consigo. Son médicos. 
Hace no mucho, alguien me hizo descubrir la esencia sanadora de la risa amarga que ahora predico con la ilusión de un niño que acaba de descubrir la aerodinámica perfecta para sus avioncitos de papel. Como si fuera el primero y único. 
Es una risa salida de algún lugar de la tristeza para causar desenfado en el que ríe y darle a un momento oscuro la luz de la esperanza. Con tiempo y tino, esa esperanza conduce de nuevo a la alegría y la risa se hace dulce. Aquella risa fue la primera que conocí. Dulce. Nacida de la alegría para dar alegría. La más pura. 
Siempre he admirado la risa. La he observado, es inteligente, y la he convertido en brújula, en dirección hacía la felicidad. Porque ¿qué otra cosa anhela el humano por encima de eso? ¿Y qué otra cosa desprecia por encima de la tristeza?
Aunque no debería ser así. Hay algo peor que la tristeza. La ira, la rabia. Tanto una como otra tienen la capacidad de engancharse al alma y consumirla, pero la segunda te engaña, te hace sentir grande. 
La suma de ambas se llama frustración. De ese lugar exacto, de la suma de la tristeza y la rabia, nace la tercera de las risas que descubrí: La risa ácida. La risa que ya no acaricia si no que golpea y quema. La risa que ya no conduce de vuelta a la alegría. 
Siempre he admirado a quienes llevan la risa consigo, a quienes son risa. En mi vida hay quien es risa, en esencia. Fue dulce, muy dulce. Y después pudo ser amarga, pero se volvió ácida. La risa que se ha cansado, pero no puede dejar de ser risa. 
Todavía no conozco el remedio a este mal. Sin embargo, tengo la certeza de que la vida es una senda de continuo aprendizaje y con empeño lo hallaremos. De momento sé que la miel con limón suaviza la garganta. 
Quizá debemos tomar miel



María

Carta al 1 de enero, el comienzo

Carta al 1 de enero, el comienzo
Llego tarde. O eso parece, porque en realidad llego justo a tiempo. Justo a mi tiempo, para lanzar una advertencia: He iniciado una guerra sin cuartel contra la tristeza, el miedo, el estancamiento y todos y cada uno de los silencios que se nos astillan en algún lugar entre el corazón y la garganta. Voy a quebrarlos uno a uno con la fuerza de las palabras. 
Mi propósito es cambiarlo todo. Iniciar una cadena imparable de causas y consecuencias. Que la quiebra de un silencio suponga la quiebra del siguiente y que caigan todos como caen las fichas del dominó.
La primera ficha ya ha caído, quizá también la segunda. Fue la última de las consecuencias de una cadena iniciada por el aleteo de una mariposa en el seno de un alma vetusta.  Aunque el origen poco importa cuando debemos reinventar la rueda. Hacer que el origen sea este cuando fue aquel. Seguir siendo los mismos de forma distinta. 
Es el tiempo de dar paso al soldado lírico que dispare la bala que continúe con la cadena de causas y consecuencias que acabe por hacer que merezca más vivir en este mundo que en una metáfora. 
Ha comenzado. 



María