Carta al 3 de marzo, el fondo del pozo.
Negación. Ira. Negociación. Depresión. Aceptación.
Negación. Perdida.
Cuando tienes una pesadilla, despertar es un alivio. Aquel día la pesadilla continuaba al despertar. Jamás un despertar ha sido tan chocante.
Antes de ti ya estábamos en el pozo. Antes de ti ya nos dolíamos. Apenas hacía dos días del último golpe. No nos diste ni unas horas de tregua, agudizando la agonía. Al fondo.
Negación. Incredulidad.
¿Cómo? ¿Por qué? No hay pecados suficientes que pudiéramos haber cometido en otra vida para este castigo y por los de esta no ha sido. No puede ser.
Negación. Resistir.
“La Resistencia” decía. “La Resistencia, la Resistencia” y de la Resistencia no quedaba ya nada más que el recuerdo de un deseo frustrado, de todo lo injusto, de todo el dolor que empezó a inundar cada paso, cada mirada, cada palabra que compartíamos. De la resistencia ya no quedaba nada más que mi ilusión de poder aplazar la realidad para cuando mágicamente estuviera curada. Nada es lo que es, sino lo que significa.
Ira. Rabia.
“Demasiados palos y solos quince años ¡Devolvednos lo que nos habéis quitado! ¡Dadnos la vida que merecemos! ¿Y a quien le hablo? ¿A quién le reclamo todo esto? ¿Hay alguien escuchando? ¿Quién pagará esta deuda?” Nadie.
Ira. Quiebra.
Cambiaron las trompetas por las voces altas, los llantos y los vómitos; la confianza por el recelo; la vida por la supervivencia. Nada es lo que es, sino lo que significa.
Ira. Distancia.
“La culpa la tiene este sitio, esta gente. En otro lugar, con otra gente yo no me doleré. En otro sitio, con otra gente despertaré de la pesadilla” Y te alejas, huyes.
Negociación. Ficción.
"Haremos como si no ha pasado" Pero esto solo dura hasta el primer encuentro contigo mismo.
Negociación. Impasibilidad.
"Y, si pasó, no nos hizo nada" Pero esto solo dura lo que lo puede contener la muralla del ego que siempre acaba siendo de porcelana.
Depresión. Vacío.
Lloras. Lloras tanto que las lagrimas nublan tu vista y el llanto no deja entrar el aire a tus pulmones. Y ahí está tu cuerpo diciéndote que es verdad, que no hay vuelta atrás, que no se le puede ganar al pasado. Y que sí, es terrible, es injusto y duele. Y si no quieres permitir que duela como tiene que doler, si intentas evitar que te golpeen las olas; te mandará un puto tsunami.
Así que ahí estás en medio del puto tsunami. Ahogándote (Si, tú, imbécil, la que escribes). Dejándote la frente contra un banco por lo que pasó hace cinco años, por lo que pasó hace diez, por lo que pasó hace quince y tú no quisiste dejar que pasara. Pero el reloj no para, la vida no espera, aunque dejen de sonar las trompetas, aun en un silencio atronador.
Aceptación. Despertar.
Poco a poco. Volver a atreverte a echar la vista atrás sin dejar de caminar hacia delante, sin que lo que veas atrás afecte a tu mirada de lo que hay delante. Sin que lo oscuro del pasado te impida ver luz en el futuro.
Aceptación. Y entonces, volver a escuchar.
Nunca dejaron de sonar las trompetas. Tocaban de otra manera, otras melodías. A veces el ruido no nos dejaba escucharlas. Pero nunca dejaron de sonar las trompetas y hoy se oyen los ecos que lo demuestran.
Nada es lo que es, sino lo que significa. Pese a todas las secuelas, te estamos superando.
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