jueves, 17 de septiembre de 2020

La Sirena del Guadiana

Cada pueblo tiene su propio secreto. Me refiero a esas historias de familia que los vecinos sólo se atreven a contar en voz baja, ya sea en las esquinas de cualquier callejón o en la intimidad de su hogar. Y es en la Comarca de la Sirena —ahora llamada De la Serena, no muy lejos de Mérida— donde se oye el eco de la magia del Guadiana. 


Fueron varios niños a la ribera del río Guadiana. El primero de ellos, Rubén, iba vara en mano golpeando las piedras que encontraba a su paso. Era un muchacho alto y fuerte —destacaba sobre los demás niños, pues apenas tenía doce años y aparentaba catorce—, pero también ingenuo y bravucón. Siempre andaba metido en alguna travesura, y cuando era descubierto se excusaba en que era el hijo más pequeño del alcalde.

            Pepito, el hijo del Cuentacuentos, era más tranquilo y sosegado que los demás niños, en parte, porque conocía muy bien las consecuencias de una travesura. Y es que su padre no dejaba de recordárselo cada día. Con once años, todavía se chupaba el pulgar al asustarse, y eso le hacía ser el blanco de todas las burlas. Aquella tarde, Rubén le propuso como cebo para atrapar a la criatura del Guadiana.

            —Será muy fácil —le dijo—. Solamente tienes que meterte en el río y esperar al monstruo.

—Pero yo no quiero ser el cebo —respondió—. Yo quiero cazar.

Rubén soltó una carcajada.

—¿Tú? ¿Con lo pequeño y endeble que eres? No me hagas reír —Rubén golpeó el suelo con la vara. Luego, la levantó y señaló el río—. Ahora cállate y métete en el agua.

Pero Pepito meneó la cabeza. Rubén, al ver que era incapaz de hacerle obedecer, se acercó a él y lo empujó. Pepito cayó al suelo, y los demás niños comenzaron a hacer burlas y a señalar. Sus ojos se volvieron vidriosos. Intentó ponerse en pie, pero al hacerlo volvió a tropezar y cayó de frente contra el suelo. Entonces rompió a llorar. Se levantó cómo pudo y salió huyendo de allí, sin dejar de correr hasta que las burlas y risas de los demás niños se convirtieron en un sutil murmullo.

En su paso por el campo, dio con un tronco junto a la ribera del río y se sentó en él. Empapó su mano en el agua y, después, se la llevo a la rodilla para limpiar el barro de su herida. Entre tanto, Pepito no dejaba de llorar, aunque ahora lo hacía en silencio. El agua estaba fresca. Su padre solía contar que en sus aguas habitaba una de las criaturas más peligrosas que jamás un hombre debe encontrar, pues quien se topa con ella corre el riesgo de caer rendido ante la bella de su rostro y su voz. Me refiero, en efecto, a la misma criatura que el joven Rubén pretendía atrapar. Pero, ¿era real o mero cuento?

Pasaron los minutos, y Pepito pensó que ya iba siendo hora de volver a casa. Su padre le estaría esperando, y Pepito sabía muy bien lo que le aguardaba en casa si llegaba tarde. El escozor de sus muslos y brazos no hacían más que recordárselo. Las cosas no eran muy distintas cuando su madre aún vivía, pero sí recordaba sus abrazos cálidos y reconfortantes que calmaban las marcas de su piel y aislaba su memoria de los gritos de su padre. "¡Sé un hombre!", le decía. "¡Esto lo hago por ti!" . Pepito esperaba no tener que enfrentarse a esas palabras, al menos, no esa noche. Así pues, se levantó del tronco y se dispuso a marchar cuando, de repente, escuchó una melodía que parecía emanar de las aguas. 

 El miedo inmovilizó a Pepito. Observó cómo del río surgió una mujer de cabellos rubios. Era, posiblemente, el ser más hermoso que jamás había visto. Se la veía grácil y esbelta. Pepito se ruborizó al notar su desnudez. 

—Hola —le dijo la criatura—. ¿Cómo te llamas?

Pero Pepito no dijo nada. Se acercó el dedo a la boca y comenzó a chupárselo. La joven sonrió con cierta lástima.

—No tengas miedo. No te haré ningún daño.

—Mi padre dice que no debo hablar con desconocidos —dijo, al fin.

—Bueno, tu padre tiene razón. Es un hombre sabio, sin duda.

—Es el cuentacuentos del pueblo —respondió, todavía con el pulgar en la boca—. Por la mañana, sale a la calle a contar las noticias de la comarca y, por la tarde, nos cuenta historias y leyendas a los niños.

—¿Es un hombre bueno tu padre?

Pepito se encogió de hombros. La joven advirtió que, si seguía chupándose el dedo, no podría entenderle y el pequeño, sin saber muy bien por qué —tal vez, porque de algún modo se sentía más seguro con ella—, le hizo caso y dejó su pulgar en paz.

—¿Eres una sirena?

—Supongo que sí —dijo, asomando su cola sobre el agua. Pepito nunca había visto cosa igual; era larga y delgada, con escamas verdes que reflejaban la luz como auténticas joyas—. Mi deber es cuidar de las criaturas del agua porque todos son hijos míos, desde el pez más grande hasta el cangrejo más torpe.

Pepito, ya más confiado y movido por la curiosidad, le preguntó más cosas sobre ella. La sirena le contó que venía de un reino muy lejano, al que sólo podía llegarse a través del cielo o de las aguas. Un reino donde todos podían ser felices, donde no había maldad, dolor ni pecado al que sucumbir. Pepito era incapaz de imaginar algo así. 

—¿Puedo ir a verlo? —preguntó. 

Pero la sirena negó con la cabeza. 

—Todavía no, pero confía en mí. Algún día vendré a buscarte y te llevaré conmigo. ¿Te gustaría? 

El muchacho asintió con la cabeza, no muy convencido de su propia respuesta. Después, ambos siguieron hablando horas y horas hasta pasada la tarde. Y justo cuando el sol estaba a punto de esconderse tras los montes, Pepito se despidió de la sirena y volvió a casa.

—No te olvides de mí —advirtió la sirena—. Algún día te llevaré conmigo. 

Y entonces se sumergió de nuevo en las aguas del Guadiana. Pepito aceleró el paso. Al llegar, su padre le esperaba en su habitación con la puerta abierta. Pepito agachó la cabeza. Intentó excusarse, pero su padre le pidió silencio y le ordenó ir a la cama y bajarse los pantalones. El cuentacuentos se volvió hacia la puerta, la cerró, y regresó al dormitorio de su hijo, ya con el cinturón en mano. 

Pasaron tres años desde aquel primer encuentro con la sirena. Había intentado verla más de una vez, esperándola horas y horas junto al Guadiana. Pero nunca aparecía, y Pepito empezó a pensar que aquel recuerdo, cada vez más lejano, no había sido más que un estúpido sueño. 

            Ya era más de medianoche cuando Pepito comenzó a notar un sutil hedor a agua de río y algas. Al poco, aquel olor se hizo cada vez más fuerte, y el muchacho se tapó la nariz con gesto de desagrado. Se levantó de la cama y distinguió una tenue luz blanca que entraba por la ventana. Pepito se acercó al alféizar, pero al ver que no alcanzaba, se volvió y cogió el taburete que tenía junto a la mesilla de noche. Una vez colocado, se subió en él, y asomó la nariz para ver qué era eso que veía tras el cristal. Observó la calle envuelta en una espesa niebla que apenas distinguía el pavimento empedrado de las aceras. El brillo de la luna llena —Pepito creyó recordar un instante que aquella noche debía ser de luna nueva— reflejaba la neblina que pintó su calle de una luminosidad casi celestial. Y así, del resplandor apareció una figura danzando con tal elegancia que parecía flotar sobre la niebla. Era una muchacha de aspecto joven, esbelta figura y rubios cabellos. Pepito la reconoció al instante; era la criatura que había visto en la orilla del Guadiana años atrás, pero ahora parecía un ángel venido del cielo; un regalo de Dios que en nada podía asemejarse al peligro del que advertían los cuentos. 

            Pepito esperó en el derrame de la ventana, disfrutando del célebre espectáculo que la muchacha ofrecía. Saltos, volteretas, giros y cantos. ¡Dios mío, qué voz! ¡Qué hermosa era! Pepito notó que su pecho se quemaba, apreciando una sensación agradable, a la par que desconocida. ¿Era real? ¿Acaso esa criatura podía ser más hermosa de lo que recordaba? La muchacha, que aún seguía danzando, se percató de la presencia de su admirador, y con sus dedos señaló la ventana que, al instante, se abrió de par en par. Pepito retrocedió, impresionado por la magia que desprendía la joven.

            —Sígueme —le dijo, con melódica voz.

            Pepito titubeó unos instantes, pero al ver que la muchacha se alejaba del lugar, saltó de la ventana y corrió tras ella. Cuando parecía estar a punto de alcanzarla, la luz se alejaba en un abrir y cerrar de ojos. Pepito aceleró el paso. Poco a poco, la luz del pueblo se desvaneció, y la niebla siguió los pasos de la joven como si fuese un farol. Y así fue hasta la salida del pueblo. Entonces, Pepito perdió el rastro de la joven.

—¿A dónde vas? —dijo alguien a sus espaldas. 

Pepito se dio la vuelta y vio a Rubén tras él. Le miró de arriba a abajo, y tuvo la impresión de que ya no era el muchacho alto y robusto que se metía con él. Parecía, de hecho, más cansado y apático, y ahora era Pepito el que podía empujarle y hacerle llorar.

—Lejos de casa —respondió Pepito—. Ya no quiero nada de allí.

—No deberías abandonar así a tu padre.

—Él sabe muy bien por qué lo hago.

—Si te vas, se lo diré.

Pero Pepito hizo oídos sordos y salió corriendo de allí. A lo lejos, le pareció escuchar la voz de Rubén, todavía amenazándole. Pensó unos instantes dónde debía haber ido, pero pronto recordó el sitio donde se encontraron por primera vez y allí se dirigió a toda velocidad.

No tardó mucho en llegar al río. A pesar de la penumbra nocturna, el sonido de la corriente le advirtió de su lugar. 

—Sirena —susurró—. ¿Estás ahí? ¡Sirena!

—Aquí estoy.

Pepito esbozó una amplia sonrisa nada más ver a su amiga, de nuevo, en las aguas del río.

—Te he echado mucho de menos. ¿Por qué no volviste a aparecer? Te busqué muchas veces en el río. No sabía que pudieses andar —dijo, señalando su cola.

—Cuando salgo del agua, mis aletas se convierten en piernas. Así puedo explorar y bailar cuanto quiera.

La sirena retrocedió y comenzó a dar volteretas sobre el agua. Pepito tomó asiento sobre una roca junto a la orilla y observó el grácil movimiento de su compañera. Absorto, comenzó a dejarse llevar por la paz del río y notó cómo el sueño invadía su mente y su cuerpo.

—Ven conmigo. Quiero enseñarte mi reino.

Pepito frunció el ceño.

—¿Tu reino?

—Sí, ¿es que te has olvidado de él? 

—¿Y dónde está ese reino?

—Eso da igual —respondió—. Pero si me sigues, lo verás.

La sirena se acercó a la orilla, sumergiéndose en las aguas pata luego reaparecer frente al muchacho. Pepito retrocedió un paso.

—¿Confías en mí? —le dijo.

La sirena sacó su mano del agua y se la acercó. Pepito sintió el impulso de tomar su mano y dejarse arrastrar hasta el río, pero algo en él le impedía hacerlo.

—Ven conmigo, por favor.

De repente, Pepito escuchó su nombre. Por un momento, dudó de si le verdad le habían llamado, hasta que otra vez volvió a escuchar su nombre, esta vez más cerca.

—Si quieres ser feliz, toma mi mano.

La sirena pareció impacientarse. Pepito reconoció la voz de su padre al instante.

La oscuridad de la noche le impedía ver dónde estaba, pero a juzgar por la intensidad de su voz no debía andar muy lejos. Pepito empezó a temblar, solo de pensar en qué reacción guardaría su padre y cuál sería el castigo si le descubriera.

—Ven.

Pepito se volvió hacia la sirena. Y él, temeroso de su padre, tomó su mano y se dejó sumergir en las aguas del río, enredado para siempre en el embrujo de aquella criatura y en la paz eterna.


No pretendo convecer a nadie de esta historia. Muchos fueron los muchachos perdidos en las aguas del Guadiana. Lo que allí habita es todo un misterio, pero permíteme contarte algo. La comarca de La Sirena, como bien he mencionado al principio, ya no se llama así; pero si te acercas a esas tierras, descubrirás un emblema que sus habitantes cuelgan en casas y avenidas como recuerdo del nombre que, antaño, recordaba la magia de sus ríos. Tiene cuatro cuarteles: observa el superior derecho y dime... ¿qué ves?



-Javier Verdejo