Hay quienes muchas veces nos obsesionamos con las respuestas. Siempre en busca de ‘la’ respuesta, la más perfecta, la más correcta. Deseando ser los primeros en levantar la mano en clase para dar la solución al problema de matemáticas, la respuesta a quién descubrió América, el significado del mito de la caverna de Platón; para saber qué tiempo verbal es el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo o cómo se conjuga un verbo irregular.
Yo era así, yo sigo siendo muchas veces así. Pero, hubo alguien en mi vida, alguien que era una bellísima pregunta, simplemente siendo, sin formularse de forma artificial, por su sola presencia. Sin pretensión de nada, lo conseguía todo. Nos rompía los esquemas, hacía descarrilar nuestra lógica, sin darse ni cuenta. Me rompía los esquemas y hacía descarrilar mi lógica, sin darse ni cuenta, sin que yo me diera ni cuenta.
Y ahí estaban las respuestas, fijas como los personajes de un cuadro, hasta que llegó una pregunta y rompió el marco. Hasta que llegó una bellísima pregunta y me rompió el marco, sin darse ni cuenta. Y me hizo salir fuera, caminar fuera, ver que de nada sirven las respuestas si no te has hecho las preguntas adecuadas. Él era una pregunta bella y adecuada y yo hoy no tengo tantas respuestas, pero sé que hay vida más allá del marco.
Mi bella pregunta, me estoy encontrando con nuevas preguntas. Y ahora cada nueva pregunta me recuerda a ti. Y tu recuerdo me eriza la piel. Y, a veces, sonrío. Y, a veces, lloro.
Ya no hay camino, ni sendero, ni senda, pero está en nuestro paso.
Estás en nuestro paso.
Estás en mí paso.