sábado, 18 de enero de 2020

Carta al 13 de enero, la risa

Carta al 13 de enero, la risa
La risa es uno de los mayores descubrimientos vitales que se pueden hacer. Pero, como todo lo que merece la pena, suele ir acompañada de cierto grado de complejidad o de dificultad. Siempre he admirado la risa. Siempre he admirado a quienes son capaces de hacer reír, a quienes llevan la risa consigo. Son médicos. 
Hace no mucho, alguien me hizo descubrir la esencia sanadora de la risa amarga que ahora predico con la ilusión de un niño que acaba de descubrir la aerodinámica perfecta para sus avioncitos de papel. Como si fuera el primero y único. 
Es una risa salida de algún lugar de la tristeza para causar desenfado en el que ríe y darle a un momento oscuro la luz de la esperanza. Con tiempo y tino, esa esperanza conduce de nuevo a la alegría y la risa se hace dulce. Aquella risa fue la primera que conocí. Dulce. Nacida de la alegría para dar alegría. La más pura. 
Siempre he admirado la risa. La he observado, es inteligente, y la he convertido en brújula, en dirección hacía la felicidad. Porque ¿qué otra cosa anhela el humano por encima de eso? ¿Y qué otra cosa desprecia por encima de la tristeza?
Aunque no debería ser así. Hay algo peor que la tristeza. La ira, la rabia. Tanto una como otra tienen la capacidad de engancharse al alma y consumirla, pero la segunda te engaña, te hace sentir grande. 
La suma de ambas se llama frustración. De ese lugar exacto, de la suma de la tristeza y la rabia, nace la tercera de las risas que descubrí: La risa ácida. La risa que ya no acaricia si no que golpea y quema. La risa que ya no conduce de vuelta a la alegría. 
Siempre he admirado a quienes llevan la risa consigo, a quienes son risa. En mi vida hay quien es risa, en esencia. Fue dulce, muy dulce. Y después pudo ser amarga, pero se volvió ácida. La risa que se ha cansado, pero no puede dejar de ser risa. 
Todavía no conozco el remedio a este mal. Sin embargo, tengo la certeza de que la vida es una senda de continuo aprendizaje y con empeño lo hallaremos. De momento sé que la miel con limón suaviza la garganta. 
Quizá debemos tomar miel



María

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