Carta al 31 de enero, la fe
Sé volar. Una mujer me enseñó a hacerlo, me convirtió en Peter Pan. Ella es mi fe. Gracias a ella he alcanzado los cielos y visto el milagro de lo pequeño y cotidiano. En sus ojos, en su voz, en su forma de mirar, en su forma de hablar. Desde otro plano existencial, desde otra mirada.
Y es que la fe no está al alcance de cualquiera. Cuesta tiempo y trabajo aprehenderla y aprender de ella. Es para los sabios que saben calibrar la mirada y ver las respuestas más allá de lo que para otros es locura.
“La fe es creer lo que no ves; la recompensa de esta fe es ver lo que crees” dijo San Agustín. Yo añado que la fe es caminar a pecho descubierto frente al miedo a la incomprensión y a pesar de ella. Es encontrar la fuerza para confesarnos tal y como somos. Y no perder la esperanza a pesar del terror, a pesar de que si Dios existe nos va a tener que pedir perdón*. Porque la fe y la esperanza están por encima incluso de Dios. La esperanza es el puente entre la tristeza y la alegría, el puente de vuelta de una a otra. Sin esperanza no hay lucha, no hay vida. Sin esperanza solo queda dejar de respirar.
La mujer que me enseñó a volar me habla a menudo del día en el que no esté. No negaré que me estremezco cada vez que sus palabras suenan a despedida; que ese día, y como mínimo hasta el tercer día después de que se vaya, me va a doler hasta el último rincón de mi alma por no poder volver a ver sus ojos, su forma de mirar, por no poder volver a oír su voz, su forma de hablar. Por perder su comprensión.
Pero la mujer que me enseñó a volar es mi fe. Y la fe tiene vocación de eternidad. Más allá de lo efímero de nuestros cuerpos, cuando la aprehendes y aprendes de ella, no te abandona jamás. Vivirá siempre en ti.
La mujer que me enseñó a volar tiene mi promesa de eternidad. La he aprehendido y he aprendido de ella. Está en mí, en mis palabras, en mis ojos, en mi voz, en mi forma de mirar, en mi forma de hablar. Vivirá en mí.
Volar es creer. Creer es poner corazón.
* “Si existe Dios, tendrá que rogar mi perdón” Frase escrita en un muro del campo de concentración de Auschwitz.
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