PACTANDO CON EL DIABLO
Hoy, 22 de Marzo, habiendo pasado más de tres meses desde de
las elecciones generales seguimos sin contar con un gobierno. Muchos votantes se
jactan de ello y afirman que no estamos tan mal sin gobernantes, y es cierto
que de momento la cosa tira; pero de la misma forma que un ciego camina unos
cuantos pasos rectos por la calle sin estamparse contra nada.
Probablemente es un comentario irónico, pero lo que sí que es
cierto es que hay votantes que no quieren que se forme gobierno, que se disuelvan
las cortes y haya nuevas elecciones. ¿Para qué han votado entonces? Se muestran
descontentos con los resultados iniciales, y no es tan descabellado. Cuando hay
dos partidos enfrentados suele haber un colectivo inferior a la mitad de la
población (minoría) exigiendo un recuento y una mayoría más que satisfecha.
Cuando las fuerzas políticas representativas o principales (Garzón, no corras
bonito, estás excluido) son varias, nadie es mayoría y todos exigen recuento. Nuevas
elecciones variarían ligeramente los porcentajes, pero con toda seguridad
terminaría desencadenando el mismo resultado. En estas situaciones nadie está
contento, por lo que quien crea que esta es la forma de formar gobierno, lamento
informarle que esperar que un milagro ocurra da más situaciones de fracaso que
de éxito; por algo se les llama milagros.
También hay minorías que piensan de forma paralela, buscando formas
alternativas de gobierno. No me refiero ni a los republicanos, ni a los
anarquistas, ni a los fascistas; sino a quien considera que es el alcalde el
que quiere que sean los vecinos el alcalde.
Bromas aparte, la mentalidad de gobernar en solitario puede
que fuese viable hasta hace unos años, pero la oligarquía debe descartarse
cuando desaparece la situación de bipartidismo. Si D’Hont falla y no logra
defenderlo, hay que afrontar la posibilidad de dejar de representar
exclusivamente al colectivo que más te apoya en favor del colectivo que no lo
hace tanto. Hablo de hipocresía, hablo de fallarle a la gente, hablo de
traicionar tus principios, pero sobretodo hablo de hacer lo que hay que hacer.
Defender tus ideales hasta que el infierno se congele me
parece admirable en muchas situaciones, pero en un entorno donde la realidad es
un muro de hormigón armado, apuntalado y reforzado es de idealistas. Debes
tener objetivos primarios y secundarios, y saber si las “líneas rojas” son
incuestionables por el sentido común o por el amor propio. Hay que estar dispuesto
a escuchar a quien sea, a dialogar, a admitir la posibilidad de pactar con cualquiera,
o bien por compartir muchos puntos en común, o bien cuando el esfuerzo por
llegar a un término medio es brutal (el PP apoyando referéndums o Podemos subiendo
el IVA al 45%). Reconozco que la integridad personal está reñida con esta
práctica, pero gobernar en democracia es contentar a la mayoría; y eso ya es
bastante difícil como para añadirle el hándicap de la ética, por lo menos en
cuanto a ideales se refiere (para otros asuntos, muchos políticos no dudan en
llevar a cabo prácticas cuestionables; pero normalmente cuando pueden
beneficiar al ciudadano y no a su persona se muestran reacios: al fin y al cabo
son humanos como nosotros). En un mundo idílico donde todos pensamos igual es
más sencillo, pero si queremos democracia real conlleva pluralidad, lo que
genera la necesidad de pactar. Pactar es negociar, y negociar es ceder, no hay
más. Pactar suele ser más fácil cuando no tienes las prioridades claras o tus principios
morales son extremadamente cambiantes, pero eso permite poder hacer pactos con
todo el mundo; no hacerlos bien (no miro a nadie).
Sin embargo, el problema no está en lo expuesto anteriormente.
El aura amorosa que flota en el Congreso brilla por su ausencia, por mucho que
Pablo se empeñe en convertirlo en un motel de carretera. Pero las hostilidades
no son fruto de arduas batallas por defender los intereses de los ciudadanos
mediante el diálogo, sino la consecuencia de defender intereses personales
mediante intrigas políticas. Los partidos buscan el apoyo del pueblo, no su
bienestar. Nadie se sienta a hablar y a exponer sus soluciones u opiniones,
sino que echan pulsos o usan cualquier táctica por sucia o rebuscada que sea
con tal de llevarse la perra gorda. En definitiva, los políticos están haciendo
política, pero de la mala (de la única que parece haber constancia).
Me encantaría ahondar muchísimo más en el tema, pero quiero
concluir con esa idea, con la diferencia entre por el deber y conforme al
deber. Kant, 2016. La buena política no es ni un negocio, ni un trabajo; es
vocacional. Que a quien tienes que beneficiar es a los ciudadanos y no a tu
partido, que llamarte Ciudadanos no invalida esto último. Buscar el apoyo
porque realmente lo mereces, no porque tus acciones estén encaminadas a
conseguirlo. Algún día formaremos un gobierno (uno de verdad), pero no será en
estas elecciones, ni en las siguientes. Será el día en el que los milagros ocurran,
el infierno se congele y la política no sea un reality.
~Tunantemen
Querría aclarar algo que puede inducir a error:
ResponderEliminar- Cuando digo "quien crea que esta es la forma de formar gobierno" por el final del segundo párrafo, con "esta forma" me refiero a repetir una y otra vez las elecciones hasta que uno obtenga la mayoría, no a un gobierno en el que abundan las minorías. Trato de apoyar todo lo contrario, pues soy un feaciente defensor de la pluralidad (a la que puede que dedique algunas líneas más adelante). Por último, perdón si no he ofendido a nadie: no era mi intención.