La vida, a veces, te guía hacía un lugar sin saber por qué. Cuando algún amigo me dice que se atasca escribiendo y me pide consejo, yo suelo aconsejarle que deje de escribir con la cabeza para hacerlo con el corazón, porque la cabeza tiene la capacidad de olvidar y perder mientras que el corazón la de perdonar y encontrar. Así, siguiendo esto, nació este texto.
Ver uno de esos atardeceres de primavera que tanto me gustan desde la calle solitaria y silenciosa en la que vive mi abuela Inés, me empujó a empezar a escribir algo sin saber que era. Me deje llevar y la primera frase me condujo a la segunda y la segunda a la tercera, en progreso. Aún habiendo escrito la mitad de lo que vais a leer, no sabia que iba a ser, ni siquiera que estaba contando exactamente, pero seguí dejándome llevar y acabé por descubrir que lo que acababa de escribir era el prologo de Controversia.
Ver uno de esos atardeceres de primavera que tanto me gustan desde la calle solitaria y silenciosa en la que vive mi abuela Inés, me empujó a empezar a escribir algo sin saber que era. Me deje llevar y la primera frase me condujo a la segunda y la segunda a la tercera, en progreso. Aún habiendo escrito la mitad de lo que vais a leer, no sabia que iba a ser, ni siquiera que estaba contando exactamente, pero seguí dejándome llevar y acabé por descubrir que lo que acababa de escribir era el prologo de Controversia.
He disfrutado mucho escribiéndolo, bueno, lo raro sería que yo no disfrutase escribiendo. Por eso espero que vosotros lo disfrutéis también y os entre el gusanillo por leer más de Controversia.
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Prologo Controversia ~ Cielo Tinto
Apenas hacía unos días que había comenzado la primavera. El
cielo se teñía de tonos entre rosados y rojizos dándole un tinte romántico a
aquella solitaria calle. Aquellos colores recordaban a los vinos tintos de la
tierra que cubrían, parecían el reflejo del mar de Riojas que allí se
cultivaban. Abril llamaba a las puertas cada atardecer con más fuerza a pesar
de un tiempo todavía invernal y tardío con una temporada de esquí atrasada que
se había hecho hueco de forma improvisada en plena Semana Santa.
El puerto de Oncala seguramente seguiría con varios palmos
de nieve, dejando unas fotografías dignas de exposición que hacían al Ford T
del 27, verde y negro, lucir como el más bello de los coches jamás fabricados.
El primero en ser producido en serie, revolucionador de todo el sistema
productivo de entonces, el modelo me refiero, el coche en sí del que hablo fue,
seguramente, de los últimos, ya que, el Ford T, dejó de fabricarse en el 27, con
todo, era una obra maestra de aquellos tiempos que a pesar de serlo, su precio,
era de lo más humilde. En cambio, allí, en el Puerto, tras el fondo blanco de la
nieve, el coche se movía como la limusina más lujosa que te puedas encontrar.
La mezcla entre lo natural y lo humano. La belleza de ambos entrelazados es un
regalo que te ofrece la vida de vez en cuando.
Ver como aquél aparato, que antes de pasar por las líneas
de producción de la fábrica de Ford de Cádiz, era tan solo trozos de metal,
piezas que al estar separadas carecen de valor estético, pero, que cuando se
juntan, lo revolucionan todo. Luego, está la belleza natural de este mundo sobre
la que sobra el decir ni una palabra. Ante la mayor expresión de belleza, el
mejor culto es tan solo el silencio. Es la conclusión a la que acabo llegando
siempre que topo con esas panorámicas que dejan perplejo a cualquier persona
que sepa catar lo que ve. Pues la diferencia entre saber apreciar una de estas
vista y el pasar por allí como si tal cosa, es la misma que diferencia a un buen
catador de vino a un simple bebedor, probablemente borracho.
Para catar un vino hasta el más mínimo detalle importa. La
copa debe ser la adecuada, grande, fina y con la forma perfecta para poder
oxigenar el vino sin que ni una sola gota sea derramada. Tras tener la copa
adecuada, se debe echar una ínfima cantidad de vino, moverlo para que empape
todo el cristal con el aroma y el sabor, para, posteriormente, tirarlo. Con la
copa preparada, se sirve el vino en su justa medida, ni un tercio de la copa.
Una vez servido, el buen catador, tumbará su copa y observará al contraluz los
colores que le ofrece el vino. Un tinto joven es morado, vivo, prácticamente
recién salido de la viña, sin haber pasado por barrica. Los vinos más viejos,
como el crianza, reserva y gran reserva, tienden a aclararse a cuanto más viejos
son. Por contra, el vino blanco tiende a oscurecerse a medida que pasa más años
en barrica. Catado el vino con la vista pasa a hacerse con el olfato, jugando a
adivinar el aroma que desprende el vino en primera instancia. Seguido se mueve
con un sutil juego de muñeca que lo hace subir por las pareces de la copa,
siempre hacía el catador para hacer el movimiento más ligero. Así se oxigena el
vino y se deja salir el aroma oculto para que en una segunda cata de olores
podamos apreciarlo de una forma más intensa. Y después del olor llega el gusto.
El primer trago nos permite hacer una primera toma de contacto mientras que en
el segundo, dejándolo reposar en nuestra boca, nos descubre una montaña rusa de
sabores.
Para catar una de esas panorámicas, se debe uno aislar de
las posibles multitudes, de todas las voces que te puedan rodear, para, seguido, cerrar los ojos, inspirar y, antes de soltar todo el aire en un largo suspiro
de placer, dar gracias por haber podido llegar hasta allí. Olvidar la cámara de
fotos para dejar de ver la vista tras un objetivo y hacerlo capturando lo que
tus ojos ven, almacenándolo en tu memoria más profunda y en tu corazón. Deja
que el sol vaya cayendo hasta ocultarse tras el horizonte, mientras
progresivamente se encienden las luces que alumbran las noches. Que el tiempo
se pierda mientras deseas permanecer allí hasta que tus pies no puedan soportar
el peso de tu cuerpo.
Aquella tarde podía ver a Inés caminando sin rumbo mirando
aquél cielo tinto tal y como yo lo hacía, a mí lado, tan cerca de mí que
cualquiera que pasara por ahí en ese instante no habría sabido distinguir que
allí había dos personas. Mi pequeña Inés. Mi creación. La tinta hecha imagen, a
mi imagen y semejanza. Mi pequeña, la pequeña que me hace sentir Dios,
escritora de su destino, memoria de su pasado y el mío, escrito en las páginas
ya pasadas, y legisladora de su ley. También a lo lejos, se podía ver a aquél
chico joven, pelirrojo y juguetón que le índico el camino a esa chica perdida
en la monotonía haciéndole salir del sendero. A esa chica y a mí, saliendo de
mi cabeza para volverse a adentrar en mi mente y revolucionarme de la forma más
irónica. Como jamás nadie lo había hecho. Para encontrar el camino hay que
salir del sendero.
Todas mis obras se encontraban allí en ese momento, todos
mis personajes, todas las teorías que en tinta un día quedaron impresas, allí
estaban, como siempre que me cruzo con una de esas panorámicas o cuando camino,
sola a casa o sin destino. Siempre, conmigo, ayudándome a caminar, despacio,
enseñándome todo lo que un día aprendí, pero no supe lucir. Y a cada paso se
hacen multitud, crecen en número al tiempo que lo hago yo. Porque a cada
palabra que sale de mí, mi personalidad crece un palmo. Mis relatos son mi
mejor radiografía, la cual voy dibujando cada día a cada letra, palabra, frase
y texto que escribo. Así, cuando tope con mi última panorámica, pueda
contemplarla junto con la obra de mi vida, siendo yo quien se funda con la
vista, fundiéndome en el último cuadro que mis ojos van a ver.
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